miércoles, 23 de mayo de 2018

53.- Antología poética; Cuatro poemas de Mahmud Darwish

Mi desprecio por los sionistas no me impedirá decir
que también fui un judío al que expulsaron de Andalucía
y que todavía le encuentro sentido a la luz de aquel ocaso
Najwan Darwish o Darwish el joven



En la tradición mística chiita del Islam, muy posiblemente influenciada por las doctrinas que con los objetos traían las caravanas venidas de Afganistán e India y sobretodo por el pensamiento sufí, existe la idea de que el Oriente está arriba, detrás de los ojos. No es un Oriente físico sino espiritual. Para llegar a él, a ese Edén, el camino es la devoción... devoción por un amor, por una tierra, por una palabra. Siguiendo esta tradición, para Mahmud Darwish el Oriente místico es una su Palestina. Una tierra pérdida, despojada, condenada al exilio como el hombre que la canta; el poeta más leído del mundo árabe.
Nacido en el pueblo palestino de Birwa en 1941, muy cerca de Acre, crece a caballo entre retazos de Palestina, Ramalla y Beirut. A su manera lucha por Palestina, aunque reconoce que no hay pasado ni presente sólo una continuidad. Un hilo tejido y destejido que va de Esquilo a la mujer amada y se anuda con la poesía; la búsqueda de una poesía pura. Murió en agosto y 2008, tras una operación a corazón abierto, en Houston. Murió así, llanamente, porque los palestinos también mueren viejos y arrugados y sus funerales se acompañan con flores y poemas; no sólo los matan.
Para empezar, cuatro poemas del magnífico Mahmud Darwish.



NO DESEO DEL AMOR SINO EL COMIENZO

Traducción María Luisa Prieto
Editorial Hiperión 2002

No deseo del amor sino el comienzo. Sobre las plazas
de mi Granada las palomas remiendan el vestido de este día.
En las jarras hay vino abundante para la fiesta que nos sucederá,
en las canciones hay ventanas suficientes para que eclosionen las flores de granado.
Dejo el jazmín en su maceta y mi pequeño corazón
en la alacena de mi madre. Dejo mi sueño riendo en el agua
y al alba en la miel de los higos. Dejo mi hoy y mi ayer
en el pasaje hacia la plaza de la naranja donde vuelan las palomas.
¿Soy yo ese que ha descendido a tus pies para que asciendan las palabras
cual luna blanca en la leche de tus noches? Golpea al aire
para que yo vea, azul, la calle de mi flauta. Golpea a la tarde
para que yo vea como entre tú y yo languidece este mármol.
Las ventanas están vacías de los jardines de tu chal. En otro
tiempo sabía mucho de ti y recogía la gardenia
de tus diez dedos. En otro tiempo poseía perlas
en torno a tu cuello y un nombre grabado en un anillo del que surgía la noche.
No deseo del amor sino el comienzo. Las palomas han volado
sobre el techo del último cielo. Han volado y volado.
Quedará después de nosotros abundante vino en las jarras
y un poco de tierra es suficiente para que nos encontremos y la paz arraigue. 


SOBRE ESTA TIERRA
(Traducción María Luisa Prieto Hiperión) 
Sobre esta tierra hay algo que merece vivir: la indecisión de abril, el olor del pan
al alba, las opiniones de una mujer sobre los hombres, los escritos de Esquilo, las primicias del amor, la hierba
sobre las piedras, las madres erguidas sobre un hilo de flauta y el miedo que los recuerdos inspiran a los invasores.
Sobre esta tierra hay algo que merece vivir: el fin de septiembre, una dama que entra,
con toda su lozanía, en la cuarentena, la hora del sol en la cárcel, una nube que imita un grupo de
seres, las aclamaciones de un pueblo a quienes ascienden a la muerte sonriendo y el miedo que las canciones
inspiran a los tiranos.
Sobre esta tierra hay algo que merece vivir: sobre esta tierra está la señora de
la tierra, la madre de los comienzos, la madre de los finales. Se llamaba Palestina. Se sigue llamando
Palestina. Señora: yo merezco, porque tú eres mi dama, yo merezco vivir.


 
¿QUIÉN SOY YO, SIN EXILIO?  

Extraño como el río al borde del río...El agua
me ata a tu nombre. Nada me retorna de mi lejanía
a mi palmera: ni la paz ni la guerra.
Nada me incorpora a los Evangelios.
Nada... nada relumbra desde la costa del flujo
y el reflujo entre el Tigris y el Nilo.
Nada me desembarca de los navíos del faraón.
Nada me porta o me hace portar una idea: ni la nostalgia
ni la promesa. ¿Qué hacer? ¿Qué
hacer sin exilio y sin una larga noche
que escrute el agua? 
El agua
me ata
a tu nombre.
Nada me lleva de las mariposas de mi sueño
a mi realidad: ni la tierra ni el fuego. ¿Qué
hacer sin las rosas de Samarcanda? ¿Qué
hacer en un lugar que pule los cantos con sus piedras
lunares? Ambos somos ligeros, como nuestras casas,
en los vientos lejanos. Somos amigos de los seres
extraños entre las nubes... dos restos de
la gravitación de la tierra de identidad. ¿Qué haremos? ¿Qué
haremos sin exilio y sin una larga noche
que escrute el agua?

El agua
me ata
a tu nombre.
No queda de mí más que tú, y no queda de ti
más que yo, un extraño que acaricia el muslo de su extraña. ¡Oh,
extraña! ¿Qué haremos con la tranquilidad que
nos queda y con una siesta entre dos mitos?
Nada nos lleva: ni el camino ni la casa.
¿Este camino ha sido siempre igual,
o nuestros sueños lo han cambiado
tras hallar, entre los mongoles, un caballo
en la colina?
¿Qué haremos?
¿Qué
haremos
sin
exilio?
 traducción María Luisa Prieto
من أنا، دون منفى؟ 

غريبٌ على ضفة النهر، كالنهر... يربطني
باسمك الماءُ. لا شيءَ يُرْجعُني من بعيدي
إلى نخلتي: لا السلامُ ولا الحربُ. لا
شيء يُدْخلني في كتاب الأناجيل. لا
شيء... لا شيء يُومِضُ من ساحل الجَزْر
والمدّ ما بين دجلة والنيل. لا
شيء يُنزلني من مراكب فرعون. لا
شيء يَحملني أو يُحَمِّلني فكرة: لا الحنينُ
ولا الوَعْدُ. ماذا سأفعل؟ ماذا
سأفعل من دون منفي، وليلٍ طويلٍ
يُحَدِّقُ في الماء؟
يربطُني
باسمكِ
الماءُ ...
لا شيء يأخذني من فراشات حلمي
إلى واقعي: لا الترابُ ولا النارُ. ماذا
سأفعل من دون وَرْدِ سَمَرقندَ؟ ماذا
سأفعل في ساحةٍ تصقلُ المُنشدين بأحجارها
القمريَّةِ؟ صِرْنا خَفِيفَيْنِ مثلَ منازلنا
في الرياح البعيدةِ. صرنا صَديقيْنِ للكائنات
الغريبةِ بين الغيوم ... وصرنا طليقيْن من
جاذبيَّة أرضِ الهُويَّةِ. ماذا سنفعل ... ماذا
سنفعل من دون منفى، وليلٍ طويلٍ
يُحَدِّقُ في الماء؟
يربطني
باسمك
الماءُ ...
لم يبقَ منِّي سواكِ، ولم يبق منك
سوايَ غريبا يُمَسِّدُ فخْذ غريبته: يا
غريبة! ماذا سنصنع في ما تبقى لنا
من هُدُوءٍ ... وقَيْلولةٍ بين أسطورتين؟
ولا شيء يحملنا: لا الطريقُ ولا البيتُ.
هل كان هذا الطريق كما هُوَ، منذ البداية،
أم أنَّ أحلامنا وَجَدَتْ فرسا من خيول
المَغُول على التلِّ فاسْتبْدَلتنا؟
وماذا سنفعلُ؟
ماذا
سنفعلُ
من
دون
منفى؟



ESTADO DE SITIO (video)

(fragmento) Traducido del árabe por Luz Gómez García
Editorial Cátedra -2002


Aquí, en la falda de las colinas, ante el ocaso
y las fauces del tiempo,
junto a huertos de sombras arrancadas,
hacemos lo que hacen los prisioneros,
lo que hacen los desempleados:
alimentamos la esperanza.
Un país preparado para el alba.
Nuestra obsesión por la victoria
nos ha entontecido:
no hay noche en nuestra noche que con la artillería refulge;
el enemigo vela,
el enemigo nos alumbra
en el sótano oscuro.
Aquí, tras los versos de Job, a nadie esperamos.
Aquí no hay yo,
aquí Adán recuerda su arcilla...
Este sitio durará hasta que enseñemos al enemigo
algún poema de la yahiliya.*
El cielo es gris plomizo a media mañana,
anaranjado por las noches. Los corazones
son neutros, como las rosas en el seto.
Bajo sitio, la vida se torna tiempo:
memoria del principio,
olvido del final.
La vida.
La vida plena,
la vida a medias,
acoge una estrella cercana
atemporal,
y una nube emigrada
aespacial.
Y la vida aquí
se pregunta:
¿Cómo resucitar a la vida?
Él dice al borde de la muerte:
No me queda un rincón que perder,
libre soy a un palmo de mi libertad,
el mañana al alcance de mi mano...
Pronto, me adentraré en mi vida,
naceré libre, sin padres,
y tomaré por nombre letras de lapislázuli...
Aquí, en los altos del humo, en la escalera de casa,
no hay tiempo para el tiempo,
hacemos lo que hace quien se eleva hacia Dios:
olvidamos el dolor.
El dolor:
que la señora de la casa no tienda la colada
por la mañana, que se conforme con lavar esta bandera.
Nada de ecos homéricos aquí.
Los mitos llaman a la puerta cuando los necesitamos.
Nada de ecos homéricos...
Aquí un general excava un Estado dormido
bajo las ruinas de una Troya inminente.
Los soldados calculan la distancia entre el ser
y la nada
con la mirilla del tanque.
Calculamos la distancia entre el propio cuerpo
y las bombas... con un sexto sentido.
Vosotros, los apostados en el umbral, pasad,
tomaos con nosotros un café árabe
—acaso os sintáis seres humanos como nosotros—.
Vosotros, los apostados en el umbral de las casas,
largaos de nuestras mañanas,
necesitamos creernos
seres humanos como vosotros.
[...]

martes, 22 de mayo de 2018

Cine: La vida de los otros

La vida de los otros
Florian Henckel-donnersmarck
Alemania 2006 
Revista Siempre, 2007





“Los seres humanos no cambian” afirman los pesimistas, mientras que Florian Henckel en su primer largometraje cuenta la historia de Gerd Wiesler (Ulrich Mühe), un policía de la STASSI que cambió. Cada escena, más teatral que fílmica, es un homenaje a Brecht: a veces pequeño, un libro de poesía; a veces descarado pues Wiesler no es otro que el señor Keuner (personaje brechtiano por excelencia), típico hombre sin atributos, producto del siglo XX, sitiado por la esterilidad burocrática. Gris, honrado y riguroso, su trabajo inquisitorial se limita a extirpar la verdad y dividir el mundo entre inocentes y culpables. De repente el estreno de una obra de teatro y la misión de espiar al dramaturgo Georg Dreyman (Sebastián Koch), y su compañera, la actriz Christa María Sieland   (Martina Gedeck) harán tambalear su mundo.

Desde el ático azulado y frío escucha la vida de la pareja. Está acostumbrado, suele juzgar la vida de los otros (generalmente los quejumbrosos de todas las sociedades: religiosos, activistas sociales y artistas) con mecánicas y precisas notas; así descubre el único pecado del dramaturgo, amar y vivir con la mujer deseada por un alto funcionario, el ministro de Cultura. Más aún, la relación de pareja, la devoción al amigo en desgracia, una fiesta de cumpleaños, los amigos llenos de cálidos regalos inútiles, una corbata como lúdica prueba de amor y el quehacer íntimo de un escritor, que pasados los 40 le teme más al desamor que a la imposibilidad de escribir, se convierten en filos que calan su desolada vida. Él carece del feliz drama entre enamorados, de los celos y las ambigüedades, a lo mucho tiene derecho a unas cuantas horas de placer acordado previamente con la prostituta del aparato de seguridad.

A pesar de los filos, todo transcurre bajo cierta apacibilidad, Dreyman es un escritor leal al sistema, hasta que el suicidio de su gran amigo y director de escena lo sublevan: “La Stassi, la todopoderosa, la que sabe todo de todos; cuántos libros leo al año, cuántos calzones compro; desde 1977 ha dejado de cuantificar los suicidios, quizás porque también para ellos son demasiado dolorosos.” Así inicia, mutatis mutandis, el artículo publicado por el Spiegel, en la Alemania occidental, acerca de la vergonzosa cantidad de suicidios, sólo superados por Hungría, que ocurrían en una sociedad que se quería mejor. Un sistema que planteó, en su origen, la viabilidad del cambio a través de la consciencia y la utopía de un mundo mejor con hombres mejores. La moral histórica, sin embargo, ha separado al culpable del inocente con simplismo y en aras del bien público ha legitimado las mezquindades privadas. Wiesler lo testifica, quizás por eso decide intervenir, arriesgando su trabajo, y arranca de los brazos del Ministro de cultura a la actriz, Christa María, para regresarla a su amante. Curioso diálogo en un bar de barrio que revela la dualidad de un mismo argumento: puede utilizarse para construir (la escena de la actriz regresando a los brazos de su amante amado, o bien para la destrucción: “Piense en su público” repite Weisler, con otro tono de voz, en una habitación de tortura, y ella convencida delata al amante y obtiene la dosis de medicamentos que cree necesitar para su trabajo de artista. La amante acorralada entre el amor y la vocación (venderse por arte) traiciona; en cambio Weisler, el torturador, reacciona y salva al dramaturgo de un muy probable suicidio creativo según los manuales de la STASSI.

Hasta aquí la película de Florian Henckel, en oposición a la fábula de su compatriota Wolfgang Becker, Adiós a Lenin, que denuncia con pulcritud las formas represivas de la Alemania del este, sin embargo el epílogo de hermosa ambigüedad la transforma en un film que evidencia la condición humana y nos regresa al postulado de Brecht ¿cómo ser buenos en una sociedad mala? En efecto, a la caída del muro, los archivos ordenados de la STASSI se convierten en archivos tecnológicamente ordenadísimos de la Alemania occidental. ¡Es tan fácil pasar de víctima a victimario! Cualquiera los puede consultar y vengarse del torturador debidamente identificado. Eso hace Dreyman busca en los archivos al espía, seguramente artífice de su catástrofe amorosa y de su bloqueo intelectual. Necesita un chivo expiatorio, pero lo único que descubre es “el no hacer” del agente HGW XX 177, la libertad de elección de un hombre que sabía todo. Merece, como la mariposa en su metamorfosis, la sonata para un hombre bueno, curiosamente a disposición en la librería Carlos Marx. La vida de los otros, un botón más del buen cine alemán de los últimos tiempos.


Zyanya Mariana 
Revista Siempre, 2007
La vida de los otros
 Florian Henckel-donnersmarck
Alemania 2006 



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Cine: El violín


EL VIOLÍN
Francisco Vargas Quevedo
México 2005
Revista Siempre 2007 






 
Durante más de diez lustros México presumió, frente a las dictaduras de la región y otros gobiernos opresores, la paz social. Éramos privilegiados, decían que aquí no había ni golpeados, ni desaparecidos. Ese discurso incuestionable se cayó cuando salieron las voces de los muertos, los torturados, los violados… cuando los rostros invisibles de ayer, de hoy, e incluso los enfocados con una cámara a ras de suelo y casi fija, reaparecieron en la primera escena cruenta del largometraje de Francisco Vargas. La ficción recuerda…

En su primer largometraje, El violín, Vargas nos cuenta los últimos días de un quijote violinista, un campesino manco de 80 años, que forma con su hijo Genaro y su nieto Lucio (invocaciones sutiles al período de la guerra sucia, a Lucio Cabañas y Genaro Vásquez), un dueto de violín y guitarra andante. Sin embargo Plutarco Hidalgo (Ángel Tavira) vive una vida paralela con su familia, mientras recolectan monedas esperan la orden para enfrentar al ejército que incursiona la zona. Muy rápido en la historia, la fílmica y la de América latina, los militares se adelantan, toman pueblos y rehenes, exigen confesiones y matan gente. Entre ellos el pueblo, la nuera y la nieta de Plutarco Hidalgo, este a pesar del dolor se aferra a la esperanza enterrada en su milpa, un lote de municiones. Así, aconsejado por el temporal, acepta el desmedido pago impuesto por el cacique de la zona: sus tierras todas a cambio de una mula. Y entonces, sólo entonces, inicia el último viaje de Orfeo y su violín en busca de esperanza. Cada día, embelesado por la música, el comandante, jefe de las tropas, le pide a Plutarco regresar y tocar el violín. Plutarco regresa, seduce al cancerbero y recupera las municiones enterradas; pero este contacto cotidiano lo acerca al capitán (Dagoberto Gama) quien gracias a la música ha recordado por unos instantes quien era, un niño hambriento antes de convertirse en un despiadado que obedece ordenes. Al final la música calla para todos, casi se impone el silencio.

Vargas alude a una realidad intemporal que recuerda a Buñuel: ni la pobreza en las urbes ni la injusticia en el campo han cambiado los últimos 30 años en México. Pero a diferencia de su modelo, Los olvidados (1950), Vargas escoge una sucesión de imágenes que van de lo documental a lo mitológico. No son casuales los nombres que utiliza, ni la elección del blanco y negro, ni una fotografía (Martín Boege Paré) que si bien es realista y descarnada también recuerda los agaves y las nubes destinales de Gabriel Figueroa. Tampoco es casual el rostro hierático de Genaro (Gerardo Taracena) evocación de las piedras y los rostros de Eisenstein en su rodaje sin terminar ¡Que viva México! (1933).

Empero seguir el rastro y los temas poco complacientes de los directores clásicos no es la única virtud de Francisco Vargas; su narración, como una pieza de violín, está hecha de muchas cosas: de soledades (un hombre cabalgando en una mula) y recuerdos (una mano perdida), de tristezas (los ojos), guiños (yo le enseño a tocar) y disciplinas: “y cómo aprendió a tocar Don Plutarco, le pregunta un comandante embelesado. -Me levantaba mi tío en las madrugadas; ándale cabrón.” Pareciera que lo hermoso es fruto de muchas cosas, incluso de una mezcla de crueldades y bellezas; pareciera también que los hombres, como la vida y la música, están compuestos con notas contradictorias: blancas y negras, notas y silencios. Así ni guerrilleros ni militares, ni músicos ni cancerberos representan el mal o el bien absoluto, ambos se interrelacionan en el mundo dominado por los ambiciosos como el cacique.

En efecto, explica la película, “entre los dioses había uno juguetón que estaba lleno de ambición y envidia. Los dioses se lo llevaron pero se quedaron en la tierra algunos ambiciosos y envidiosos que luego se multiplicaron y les quitaron a los hombres verdaderos, los hombres de maíz, sus tierras y sus bosques. Cuando los hombres verdaderos pidieron ayuda a los dioses estos les dijeron que pelearan, y así los hombres verdaderos se levantaron frente a la injusticia… y fueron torturados y detenidos y muertos… pero los ambiciosos, como los dioses, no se ensucian sólo observan como los hombres verdaderos hechos de maíz, se dividen entre guerrilleros y militares que se matan… pero la música, a pesar de la devastación suena y sólo calla cuando se acaban las contradicciones. Una belleza que no hay que perderse.



Zyanya Mariana 
Revista Siempre 2007   

EL VIOLÍN
Francisco Vargas Quevedo
México 2005



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Cine: El laberinto del fauno


EL LABERINTO DEL FAUNO
Guillermo del Toro
España-méxico, 2006 

Revista Siempre, 2006

 






Construida como los clásicos cuentos infantiles, e iniciáticos, donde el héroe (en este caso heroína) debe afrontar diversas pruebas para finalmente obtener un codiciado don; la última película de Guillermo del Toro, El laberinto del fauno, nos enfrenta a un dilema tradicional: ¿En aras del bien, qué elegir? el individuo o el grupo; el libre albedrío o el bien común, el sacrificio personal o el sacrifico del otro.

A pesar de los acentos españoles (e incluso campesinos), de una guerrilla acorazada en los montes, y de la estructura (ambientación y trajes franquistas), la película no habla de la guerra civil española sino de todas las guerras, las circunstanciales y las interiores, que nos impone la historia y la vida. No es casual que el director situe la trama realista en el 44, cuando la ya muy instalada dictadura franquista observa el desenlace de la Segunda guerra europea (40-45) y el ocaso de sus aliados. Ahí, una mujer, Carmen (Ariadna Gil), agotada por su difícil embarazo se entrega sin condiciones al mundo del capitán Vidal (Sergi López), hombre cruel obsesionado por exterminar al enemigo que se esconde en las montañas y legarle a su hijo orgullo y honor. Su dureza es atendida diligentemente por Mercedes (Maribel Verdú), ama de llaves y hermana del líder guerrillero; y el doctor (un Alex Angulo convertido en el personaje más entrañable de todo el film), encargado de la salud de la madre y la seguridad del nonato. Paralelamente, huyendo, una niña de mirada sensible (Ivana Baquero), se entrega sin titubeos al inframundo imaginario dirigido por un Fauno (Doug Jones actor fetiche del director). La puerta al reino desaparecido es un laberinto que recuerda los mundos circulares e infinitos del bestiario borgiano mientras que la estética mezcla, con acierto, ruinas americanas y escenarios de Jack Kirby, una de los más prolíficos creadores de comics.

Esta primera historia, de tintes realistas, se intercala como espejo, con los monstruos que Ofelia debe enfrentar antes de la llegada de la luna llena: un sapo que deseca con su baba a la madre de todos los árboles y que esconde en sus entrañas una llave mágica; un monstruo pálido y hambriento, criatura dantesca salida de un cuadro de Goya, que incrusta en las palmas de la mano sus ojos sanguíneos (alusión al bestiario fantástico de Odilon Rendón y particularmente a sus ojos). El todo dirigido por el fauno, inquietantemente lúbrico. En realidad, el verdadero monstruo es el capitán Vidal. Único personaje de toda la película carente de matices, encarnación maniqueísta del mal que sólo se humaniza al final frente a su hijo “Díganle quien fue su padre, implora altivamente el hombre. –No sabrá ni siquiera de tu existencia-, responde una Mercedes endurecida”. Acertadamente los dos opuestos (franquistas y republicanos) se reflejan…

A pesar de ello del Toro, a través de Ofelia (que lleva en el nombre el desenlace), nos recuerda que en todo cuento de hadas, “el mal obliga” a la transformación. Si el dolor transgrede entonces somos dignos de un don divino: la metamorfosis voluntaria. La elección no es fácil y en ningún caso la decisión última es absoluta y completamente feliz; tiene costos. Sólo el que se atreve a caminar en soledad, dicen, encuentra, a pesar de los errores, lo anhelado. Pero somos débiles, tememos incluso la soledad fértil y optamos por decisiones cómodas; como la madre que cansada decide casarse con un militar rígido y se deja deslumbrar por las comodidades que implica su matrimonio… entonces la posibilidad de cambio se pierde.

En una época de guerra como la nuestra, donde se recompensa la obediencia absoluta sin cuestionar, donde es lícito exponer a los demás en beneficio propio, -a diferencia del doctor-, la película de Guillermo del toro, a pesar de su personaje maniqueísta, es bálsamo precioso para el dolor cotidiano. 
Zyanya Mariana 

Revista Siempre 2006
EL LABERINTO DEL FAUNO 
 Guillermo del Toro
España-México, 2006  


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Cine: Volver


VOLVER
Pedro Almódovar
España, 2006

Revista Siempre, 2006
 



 
“Huele a pedo”, con esa frase se distingue a los vivos de los muertos, pero no es suficiente para discernir entre locos y cuerdos que andan y vuelven entre gigantes metálicos de viento. Podríamos pensar en el regreso del Quijote, profundo y cómico, aleccionando a un Sancho Panza en un lugar de la Mancha; pero no, las que aleccionan son las mujeres de Volver, última cinta del cineasta español Almodóvar.

Algunas cuerdas, algunas locas, algunas muertas pero todas féminas almodovarianas que vuelven de un ataque de nervios. Esta vez no están rebasadas por la vida madrileña, están huyendo del abuso mítico al estilo Lot; del desamor y de la separación primera entre madres e hijas y entre hijas y madres. No son sobrevivientes del viento enloquecedor (como incluso afirma el mismo Almodóvar), al contrario; son tres generaciones de mujeres que se regeneran, como el viento solano, en cada nuevo día. Con el sol aparecen nuevas posibilidades de trabajo, de perdón, de complicidad y de flirteo.

Almodóvar vuelve a una España blanca y campesina muy lejos de su acostumbrada Europa hispánica, de la Marcha nocturna o el glamour y nos lleva a un lugar de la Mancha donde Raimunda (Penélope Cruz), madre de una hija adolescente (Yohana Cobo), su hermana Sole (una entrañable Lola Dueñas) y la vecina Agustina (Blanca Portillo), limpian la tumba de la madre muerta (Carmen Maura). Curiosamente sólo las vemos limpiando la tumba materna a pesar de que los padres, según los comentarios de Raimunda, han muerto entrelazados mientras el fuego los calcinaba. Desde ahí el primer guiño de Almodóvar: es una historia de mujeres más allá del amor cortés; pues son ellas las que se enfrentan al viento mientras limpian las tumbas y recuerdan las supersticiones.

En este su último film, Almodóvar entrelaza vivos y muertos que curiosamente, más allá de Pedro Páramo, nos recuerda la siempre jocosa y alegre, y no por ello menos profunda, historia de Don Quijote. Pero a diferencia de Cervantes, que utiliza los libros para enloquecer un caballero y la locura para criticar leyes y valores; Almodóvar utiliza el quehacer mujeril para fortalecer los lazos femeninos y castigar, sin intervención de la ley patriarcal, el abuso de poder manifestado como violación y abuso sexual.

No es la primera vez que Almodóvar habla del tema. La mala educación narraba el inevitable desgarramiento y putrefacción interior de un joven víctima de abuso sexual por parte de un cura, que se legitimaba en la estructura de poder de la iglesia; el personaje, en un principio bellísimo, desemboca con naturalidad en la tragedia, sucia y estéril. En cambio, las mujeres de Volver, se salvan. Ellas también son víctimas de una estructura donde los hombres abusan, pero ellas, a diferencia de ellos, conocen los secretos de la sanación. Se curan en la crianza, en el cuidado del viejo y del enfermo, en la cocina que alimenta a la familia y al batallón, en los menjurjes y tintes que embellecen, en las habladurías que de chismes pasan a supersticiones, en los ritos que limpian tumbas, lloran muertos y andan entre vendavales vestidas de negro. El todo sin sucumbir a la tentación del melodrama, criticado acertadamente en la representación del programa televisivo que lucra con lo íntimo y privado transformándolo en espectáculo público. “Son cosas nuestras que a nadie le importan”, afirmará Carmen Saura para concluir con una situación chusca y a la vez lamentable pero donde la dignidad humana se impone.

Almodóvar como las personajas de Volver se reconcilia con la tierra, el pueblo, la madre y sus arquetipos. Volver es sin duda una creación de madurez, aunada a una estética impecable que habla del oficio y talento del cineasta manchego y su íntima relación con el mundo femenino. 

Zyanya Mariana 2006 
Revista Siempre

VOLVER
Pedro Almódovar
España, 2006
 



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