domingo, 8 de diciembre de 2019

Cine: Los dos papas




Los dos papas
Fernando Meirelles
EU, Netflix, 2019



Basada en el libro The pope (2017) de Anthony McCarten, la película Los dos papas (2019), del cineasta brasileño Fernando Meirelles (Ciudad de Dios 2002, El jardinero fiel 2005), recrea un posible encuentro entre Benedicto XVI, apodado el rottweiler de Dios, y Bergoglio, el Obispo de los pobres.

            Anthony Hopkins personifica la soledad del teólogo alemán; un Ratzinger, preocupado por la vida contemplativa y las doctrinas basadas en el libro y la alta cultura. Aunque la película no lo dice, su nombre papal lo vincula a la jerárquica orden benedictina que controló la cristiandad, la escritura y el poder medieval europeo. Casi del lado opuesto, un Jonathan Pryce, increíblemente parecido en gestos y miradas al jesuita Jorge Bergoglio, encarna la opción por los pobres desde el inicio de la película cuando aparece dando una misa, asado incluido, en una villa marginal de Buenos Aires que recuerda la película argentina de Pablo Trapero, Elefante blanco (2012).

            De ahí que su nombre papal, Francisco, esté más cercano de la orden de los frailes menores y de la teología de la liberación, —hoy representada por el teólogo brasileño y ex sacerdote franciscano Leonardo Boff cómplice intelectual de la encíclica Laudato sí, presentada en mayo del 2015 a los católicos—, que del jesuita Francisco Javier, apóstol de las indias orientales. Huelga decir, que las relaciones entre la Compañía de Jesús y el papa tienen aristas, se sabe que múltiples miembros de la Compañía de Jesús en Argentina lo han acusado no sólo de privilegiar una religiosidad popular, más peronista que moderna, sino de su complicidad con la dictadura.

            De hecho, la película, centrada en la vida de Francisco y narrada a través de flashbacks en blanco y negro, muestra los controvertidos hechos cuando Jorge Mario Bergoglio, siendo superior provincial de los jesuitas, “entregó” en 1976, con su silencio o delación, a Orlando Virgilio Yorio y Francisco Jalics, ambos sacerdotes jesuitas de la villa miseria del Bajo Flores, a la ESMA. Nada se dice, en cambio, del pasado hitleriano de su cófrade alemán.

            Aunque Meirelles sitúa el encuentro en el contexto de los Vatileaks que en el 2012 revelaran una red de corrupción en el seno de la Santa sede, la película silencia los escándalos de pedofilia y los complots palaciegos del vaticano. En cambio, expone a través de la música y los diálogos, llenos de humor, dos visiones institucionales de la Iglesia católica hoy enfrentadas: la alta cultura ilustrada europea, frente a la cultura evangelizadora, de carácter oral y popular (con elementos incluso del pop), en América latina y en África representada por la aparición sonriente del obispo Desmond Tutu.

            Meirelles es un gran cineasta, y aunque, en el contexto de arribismo protestante neocolonial en la región, toma partido por un catolicismo a la Bergoglio (latinoamericano, popular y salpicado por la teología de la liberación), no deja de señalar con ironía los rituales milenarios del concilio o la soberbia de los obispos de la Iglesia que se confiesan mutuamente las culpas y se perdonan bajo el glorioso pasado de la cristiandad: la Capilla Sixtina y el palacio de verano papal, Castel Gandolfo. Su edición, sutil y vital, señala también la jerarquía patriarcal de la Iglesia, cuando representa a los dos papas, al finalizar la película, como compinches viendo el fútbol y atendidos por monjas. Una película interesante y sutil que abre posibilidades para debatir el presente y el porvenir de una de las Iglesias más poderosas del mundo moderno; el catolicismo.



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