miércoles, 26 de marzo de 2014

2.-Nuevas voces narrativas, Daniel Escoto Morales




MARCELINA Y LA PIEZA DE ORATORIA
DANIEL ESCOTO MORALES




Conocí a Daniel en los pasillos del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana. Según el manual apócrifo "académicos en convivencia cotidiana" debíamos competir, sospechar mutuamente o al menos hablar en tono displicente dándonos importancia. La existencia por fortuna es más rica que la indicación de un manual o de una teoría, siempre gris frente al verde follaje de la realidad.  Ello sin hablar de la Fortuna que me llevó en Exilio al Departamento de Comunicación que no sólo me dio trabajo sino que me ha llenado de regalos. Uno de los últimos se llama Daniel quien llenara mis mañanas de entenada, con cúbiculo y ventana, con un generoso: Hola ¿cómo estás? y mucha literatura. Pero nuestras platicas fueron más allá y descubrí en él un colega prometeico y un amigo sofocleano de profundas y obscuras raíces euripidianas. Si acaso dudan de mi descripción los dejo con Marcelina de Daniel Escoto Morales...*




MARCELINA Y LA PIEZA DE ORATORIA
(publicado en Mujer de pieles infinitas, ediciones B, 2012)


Marcelina, discreta dama, supervisa los últimos detalles de un banquete. Los sirvientes van y vienen, afanándose en sus labores. Ya está dispuesta, sobre las mesas bajas, la elegante vajilla escarlata recién traída de Samos: fuentes, tazas y platones. Las criadas primero agradecerán esa cerámica tan fácil de fregar, y luego la maldecirán por los azotes recibidos a manos del intendente del hogar, cuando algún cuenco resbale de sus manos callosas y se rompa.

Ya están por salir, de la cocina, las aceitunas especiadas, las codornices en salsa de espárragos, los higos de postre. Los invitados llegarán pasada la hora tercia, después de haber visitado los baños públicos. Vendrán orondos y sonrientes, vestidos a la griega. Preguntarán por el recitador de poemas, el joven frigio de labios carnosos, y Marcelina les contestará que no lo ha llamado esta vez, que no declamará él como en el resto de los banquetes de la última temporada, sino que ella misma los entretendrá con una pieza de oratoria preparada especialmente para el acontecimiento.

Después del bullicio preparatorio, vienen algunos minutos de calma, como si de pronto la ocasión se hubiera suspendido, o los comensales hubieran decidido, en último momento, no venir. Marcelina aprovecha los minutos de paz y visita a su antigua nodriza, una vieja ciega que pasa sus días en una habitación de ladrillos construida al fondo del jardín. Reposa su cabeza sobre el regazo de la anciana, que musita, más para sí misma que para Marcelina, una ininteligible canción de cuna, casi un balbuceo. Adormecida, la dama entrecierra los ojos y tiene una visión del banquete por venir.

Los invitados intrigan, se pavonean, ríen, parlotean en pequeños grupos reunidos en el elegante atrio. Marcelina, al mando de la situación, pregunta por la salud del Emperador; presenta un joven tribuno a una matrona; recuerda el nombre de un dócil jardinero egipcio. En medio de la algarabía, sentirá la fija mirada de dos hombres, un padre y su hijo, los dos de ojos ambarinos y pestañas pobladas, que permanecen en silencio como dos estatuas, en diferentes puntos del atrio,  inadvertidos por la alegre compañía. Marcelina los conoce bien, desde su viaje a Alejandría. Soporta incólume la presencia avasallante de ambos, y hace uso de ella para continuar. Llama imperiosamente a la cena.

Tras el banquete, los invitados, somnolientos, echados barriga abajo sobre los triclinios, hablan inconsecuencias, mientras una esclava ameniza tocando la flauta doble. La anfitriona se cerciora que el vino abunde, mientras permanece completamente sobria, siempre consciente de estar vigilada por los dos de ojos ambarinos y pestañas pobladas, que se han sentado en lugares separados y la observan en silencio, imperturbables.

La esclava termina su número y se despide de forma discreta. Amablemente, con su voz broncínea, Marcelina pide silencio a la comitiva, y da comienzo a la esperada pieza de oratoria.  Les recuerda que, antes de la cena, preguntó por la salud del Emperador. Dos matronas, simultáneamente, se apresuran a reconfirmar que César ha superado ya su gripa de verano. Marcelina replica, siempre ecuánime, siempre sonriente, que en verdad, no le importaba en absoluto la respuesta. Sigue a esto un silencio de gran incomodidad, repleto de carraspeos, si bien la mayoría de los invitados comparte tácitamente esta indiferencia. Prosigue la anfitriona, aparentemente cambiando de tópico: pregunta a la concurrencia si, en alguna ocasión, ha descubierto un hurto en el hogar. A esto, los invitados por poco se agolpan para contestar: una joven vocifera sobre cómo descubrió a una de las doncellas de su madre robando sus polvos de albayalde; un senador lamenta el día que sorprendió a su centinela, un liberto, portando su anillo favorito, “el del busto de Hércules”; una prima de Marcelina, recientemente viuda, comenta las sospechas que tiene del preceptor de sus hijos. Así hablan muchos, y Marcelina calla. Cuando han terminado, hace un gesto, y dos de sus siervos, nubios fornidos, proceden a despojar a la concurrencia de sus brazaletes, amuletos y colgantes. Los convidados, entre la perplejidad y el horror, ni débilmente pueden resistirse a las manos firmes y habilidosas de los nubios. Ambos esclavos depositan toda la bisutería en una gran bandeja de plata, y para mayor escándalo, proceden a volver a tomar los artículos de ahí y de nuevo alhajar a los invitados, sin importarles qué era de quién originalmente.

Marcelina, silenciosa durante esto, se arma de valor para lo siguiente, echando una mirada a los dos de ojos ambarinos, que vinieron sin colgantes y han observado todo con absoluta seriedad. El padre, que ostenta una barba dorada y espesa, frunce el ceño; y el hijo, de apenas 16 años, aprieta levemente los labios.

Marcelina levanta la mano derecha, en ademán de continuar con su pieza de oratoria. Los invitados, quienes unos momentos antes esperaban que la anfitriona los entretuviera con alguna inocua recitación memorizada, se preguntan en silencio qué pueda venir ahora. La anfitriona da un largo trago a su copa (pues, a lo largo de todo esto, los esclavos no han cesado de escanciar) y para sorpresa de todos, comienza a contar una simpática historia pastoril en verso, colmada de retruécanos y socarronería, que les hace pensar que aquel extraño preámbulo no fue sino parte de una broma elaborada. 

Ahora los invitados ríen, los rostros sudorosos, y apuran más vino de sus copas. Incluso el viejo senador pareciera ya no darle importancia a la peineta que uno de los nubios prendara en su cabello. La historia de Marcelina sube más y más de tono, abundando en doble sentido y detalles picantes –ahora no son tres los pastorcillos involucrados en lúbricos juegos, sino cinco los participantes en el retozo colectivo- y las carcajadas de los convidados mayores adquieren tintes de pudor. Sigue corriendo el vino, y la concurrencia finge ignorar el hecho de que Marcelina, mientras cuenta su relato, desliza una mano insistentemente por debajo del manto de la vieja matrona que está a su lado, quien tan sólo permanece muda, trémula y perpleja ante el tacto de su sobrina.

La algaraza dura poco. De pronto, los pastorcillos del relato de Marcelina asaltan a un viejo sátiro, despojan a un prefecto de su toga, siembran la anarquía en la aldea. Las palabras de Marcelina se tornan duras, cortantes. Su relato bucólico se ha convertido en arenga, en una historia bélica, sangrienta. El senador es el único que continúa riendo; la llama espartaquista. Los demás están en estupor, y peor aún cuando la anfitriona ordena a los dos nubios despojarlos otra vez de las alhajas, que quedan ahora desperdigadas por el piso del salón. La pieza de oratoria de Marcelina es cada vez más enloquecida, y mayormente sublime. Olvida a los pastores, y comienza a hablar de  su viaje a Alejandría. Entre los prodigios que ahí conoció, hace mención de su encuentro con el sabio Carpócrates y su hijo Epífano. Ambos hombres, el mayor bello como Febo, el menor un verdadero doble de Ganymedes, predicaron juntos hasta que murieron. Epífano, quien contaba con tan sólo 16 años al fallecer y fue enterrado en los campos de los olivos de Cefalonia, dejó a la posteridad un soberbio tratado místico.

Lo que sigue después de este punto en el banquete es confuso, abigarrado. La vieja matrona, que había soportado impávida la mano incansable de Marcelina, aúlla de dolor, cuando su sobrina repentinamente tome un látigo de mano de uno de los etíopes, y arremete con un latigazo rápido y cruel contra la anciana. Ante el horror de los asistentes, Marcelina recita, con voz de trueno, la culminación: la exhortación final de su pieza oratórica hacia las enseñanzas fundamentales del padre y el hijo: la bondad divina es el derecho de todo individuo de gozar de los bienes terrenales; hay que poner fin al artificio de las leyes; sólo se alcanzará la justicia en la realización libre de los deseos; sólo el amor salva, el resto es indiferente y sólo la fútil opinión humana introduce la distinción entre bueno y malo. La anfitriona ordena a los etíopes que cierren con aldaba las puertas del salón, encarcelando a sus huéspedes sin escapatoria, y al momento de desnudarse, convoca a la concurrencia a liberar su alma a través de la experimentación de toda sensación terrena. 

Aquí acaba la visión premonitoria de Marcelina. Abre los ojos, se levanta, da un beso en la mejilla a su vieja nodriza, quien sigue con su canción. Sale del cuarto de ladrillos a su jardín, al sol estival romano. Escucha las campanillas de la entrada: llegan los primeros invitados. Dando un infantil brinquito, Marcelina, discreta y sonriente dama, apresura el paso para recibirlos.





* Daniel Escoto Morales, Cd. de México, 1983, por el mismo: es narrador. Ha sido guionista en Ibero 90.9 (donde coordinó el programa de literatura Bestiario que duró de 2006 a 2008), Canal 22 (para el programa Esquizofrenia) y Radio UNAM, para la cual escribió el radiodrama en 10 capítulos Madame Noé y los animales (2010), musicalizado por varias bandas mexicana de música fusión. Su primera novela se titula Mujer de pieles infinitas, publicada por Ediciones B en 2012. Junto a otros autores ha publicado el libro de cuentos Proporción áurea (Ediciones del Sargento, 2011). Actualmente, es becario del Programa Nacional Jóvenes Creadores 2013-2014, para una segunda novela.







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