lunes, 11 de febrero de 2013

El sabio del lenguaje, Rubén Bonifaz Nuño, in memoriam LO QUE PASA EN LA CAMA PASA EN LA PLAZA


ZyanyaM

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Lleno de compasión y celos,
he llegado a cegarme en el orgullo
de contemplar la púrpura y el oro
de tu fastuoso amor. He conocido
el lujo inagotable de tus ojos
a punto de cerrarse, el siempre nuevo
sabor de tu saliva, y el suntuoso
sabor que a nada sabe
sino a ti sola.

A conciencia he luchado.
Para darte placer.

Como el buzo que salva las lucientes
arcas de un barco sumergido
he descubierto en ti la ardiente
luz de collares húmedos, coronas,
tiernos metales pálidos,
abiertas gemas increíbles,
fulgor de cetros claros
en los pliegues de sedas intachables.

Nada tenía yo, no pedí nada
—nada en amor puede pedirse—
y, así, me diste todo.

Me enriqueciste tú con el oriente
de tus pechos pequeños, con tus piernas
como lechos nupciales,
con tu gozo de reina embarazada
para siempre a salvo de la muerte.

Y he tenido en mis brazos, en mis ojos,
dócilmente entregados,
la gloria, el brillo, la belleza.

En mí, para mí solo, deslumbrado,
ciego de tanta lumbre.
Y el prodigio de todo ha sido mío.
Rubén Bonifaz Nuño




LO QUE PASA EN LA CAMA PASA EN LA PLAZA, 
El sabio del lenguaje, Rubén Bonifaz Nuño, in Memoriam

  

Acababa de terminar “El Arte de Amar y Remedios para el amor” cuando leí por primera vez: Rubén Bonifaz Nuño.  Era el nombre del traductor mexicano a la obra más divertida de Ovidio.  De su mano seguiría leyendo al romano “Las metamorfosis” con solapa morada de la biblioteca de clásicos que él no fundó pero que llevó a las cimas; la Scriptorum Graecorum et Romanorum.  Tradujo 22 clásicos.  Entre los poetas latinos a Cátulo, Lucrecio y Píndaro, de los griegos al apasionado Eurípides e incluso a Homero.  Curiosamente su traducción de la Iliada es la única que no le gusta a su gran amigo Avilés Fabila; a mi tampoco.  Debo confesar que más allá de mi envidia, (en mi siguiente vida, sin culpa, estudiaré letras clásicas), prefiero otras versiones de los poemas homéricos.  
Años después haciendo la maestría embarazada, me quedaría dormida en la Biblioteca del Instituto de Investigaciones Filológicas que lleva su nombre; merecido honor a su fundador. 
A pesar de su larga vida nunca conocí al traductor, poeta, catedrático y funcionario universitario que este 31 de enero del 2013 nos dejaba.  Tenía 89 años y le pesaban.  En 2009, al cumplir 85 años le confesaría a Carlos Rojas Urrutía de EL UNIVERSAL: 

Ya ciego y cansado junto a su amigo,
el escritor René Avilés Fabila
“Me siento terriblemente viejo, terriblemente inútil. Estoy privado de la vista y del movimiento de las piernas. Soy un bulto que habla".  Y sin embargo con sus 89 años a cuestas no murió solo, lo acompañaron 36 muertos por la explosión de PEMEX; pero a diferencia de ellos que no debieron morir, Bonifaz Nuño seguirá cantando y su voz hará primavera. 


La voz que canta y la furia del silencio son quizás las únicas diferencias que existen entre los poetas y los demás mortales; en todo lo demás padecemos los mismos dolores de la existencia: “Fui atrozmente tímido”, cuenta en De otro modo, el hombre;título de una larga entrevista que le hiciera su amiga y también escritora Josefina Estrada al maestro cuando la ceguera ya lo había alcanzado.  “Seguí sintiendo vergüenza de mí mismo hasta muy mayor. Fue una cosa que me hizo la vida triste; digamos, infeliz. Por mi incapacidad de acercarme a la gente”.

Dice un refrán kukuana: "Una lanza afilada no necesita brillo",
en el HOnor del peligro, prólogo de V. Quirarte

Sin embargo si algo caracterizaba al maestro era justamente su sonrisa y sentido del humor.  Narra Josefina Estrada, en esa misma entrevista, que en su departamento en Tlatelolco festejaron su cumpleaños número 60.  Para halagarlo su marido Sandro Cohen tocó un preludio de Bach y al finalizarlo exclamó sin malicia: ¡Esa pieza la compuso Bach cuando era un viejito de sesenta años!  Poco después Rubén le comentaría a Josefina con picardía: “Lo bueno es que ya falta poco para que Sandro también sea un pinche viejito de sesenta años”. Me lo imagino carcajeándose con su sonrisa franca de dientes grandes como granos de maíz. 

Gonzalo Celorio, Rubén Bonifaz Nuño, Fernando Curiel y Vicente Quirarte

Y es que dicen que estar con Rubén era desatar el puro relajo, contar chistes y simplezas pues rara vez se ponía serio.  Vicente Quirarte, alumno y amigo, en su texto, Un adolescente llamado Rubén Bonifaz Nuño, confirma estas características: “Todo niño es un héroe y es un brujo. La diferencia es que Rubén Bonifaz Nuño, leal a su infante interior, lector tanto de Homero como de Harry Potter, con el paso de los años ha continuado siendo mago y héroe”

Su amigo de juventud Ricardo Garibay
Cómo podía ser mago, héroe y sonriente si otros, como su amigo de juventud Ricardo Garibay (1923-1999), lo consideraban un sabio casi inalcanzable: “Es un sabio, ha estudiado toda la vida a fondo; yo, todo lo contrario; eso nos fue separando. Él veía con desdén mi mundanidad; y yo (…) su academia. Nos encontramos mucho tiempo después, con cariño franco, abierto, pero (…) teníamos muy poco que decirnos…” 
Uno se pregunta, quizás ingenuamente, porque dos escritores no se pusieron a hablar de literatura.  Posiblemente porque para Rubén la literatura fue siempre un rito y pocas veces hablaba de ella: 



“Escribí siempre formalmente por respeto a la máquina y por respeto a lo que estaba tecleando (...) nunca me quité la ropa para escribir”.  Podemos casi adivinar que las ropas que no se quitaba frente a las palabras eran trajes, como aquellos que lo caracterizaban en los pasillos de la Facultad y del Instituto.  Compraba cuatro trajes al año, lucía elegante con su traje y su bigote. “El bigote me tapa las cicatrices que tengo en los labios (porque...)  yo era muy peleonero (…y) en la secundaria con Ángel Bassols, me habré dado de moquetes una docena de veces, siempre me ganó.  
 No recuerdo haber ganado una sola pelea en mi vida.  No sé pelear pero nunca me rajo, eso dijo Bassols de mi y me gustaría que quedara.” 
Cuenta que en la infancia nunca sintió la pobreza. Vivía en el barrio de las fábricas la Alpina, la Hormiga y Loreto, hoy San Ángel.  Exactamente en la calle de Frontera # 5.  En el mismo predio estaban el telégrafo y su casa.  “Mi padre, Ruben Bonifaz Rojas, era telegrafista.  Su oficio consistía en comunicar a las gentes entre sí, yo lo heredé.”

Los jefes de estación de los trenes, como mi abuelo, solían ser también telegrafistas

 En las mañanas como todos los niños cursaba la primaria pero las tardes eran libres y muchas de ellas, con su amigo Amílcar y Cecilio, iban hasta el Jagüey; un laguito donde hoy se encuentra el estadio de CU.  Los días eran largos, se podía pasear por las calles, atravesar la fauna, capturar luciérnagas y hacer los mandados: “Como la familia era grande (3 hermanos y 3 hermanas), compraba veinticinco centavos; eran dos por cinco.  (…) No había diferencia entre las piezas de dulce y los bolillos de pan.  (…) También me mandaban a comprar las tortillas y el carbón. (…) cuando había lujo, iba a la carnicería y podía comprar cinco centavos de carne común y corriente.  Porque un bistec de filete valía 10 centavos.”

Pancho Villa y otros generales de la División del Norte


Su madre, Sara Nuño Scott, nació en 1888. Cuenta que, según contaba, había combatido en la división del norte con grado de coronel.  "Decía que con la pistola no valía gran cosa pero el rifle lo manejaba bien".  Como era de Tapachula vivió el barrio como un rancho y la casa la llenó de animales: “pájaros enjaulados, gallinas en la azotehuela, gatos, perros, conejos y patos”.  Cuando tuvieron radio los ponía a escuchar ópera Rigoletto y Lucía. “Juntos, cuenta, conocimos las sonatas y sinfonías de Beethoven”. 

Durante muchos años, con sus hermanas, Olga y Alma, fueron a la casa del Dr Magaña, tío de su amigo Amílcar, a escuchar radio.  De esa época “hay una multitud de canciones (de Cri Cri) que recuerdo de memoria perfectamente, por la felicidad y curiosidad por vivir que me dieron”.  Además de que “las canciones de Gabilondo Soler son uno de los elementos básicos de mi experiencia literaria (…)  porque la poesía “no se escribe nunca para los ojos, se escribe siempre para las orejas”.  Pero fue en la secundaria número 10 en Mixcoac, hoy Leopoldo Ayala, donde realmente inició su aventura literaria.  Como un Epicureo cualquiera Rubén no transitó ni la vida ni la literatura solo sino con amigos, como Fausto Vega a quien conoció en la secundaria. “Sin duda el mejor de mis amigos”.

Escuela secundaria 10, en el pueblo de Mixcoac,
su director se llamaba Leopoldo Ayala.
Era 1939, se conmemoraba el aniversario luctuoso de Ruiz de Alarcón, y Rubén ingresaba a su tercer año de secundaria.  Su maestro de literatura, nada menos y nada más que Emilio Abreu Gómez aprovechó los homenajes para iniciar a sus alumnos en la poesía española del siglo XVII: “Leí por primera vez los sonetos de Góngora, Quevedo y Garcilazo, recuerda Rubén, a Fray Luis de León no lo supe comprender hasta que supe latín, porque la lengua de Fray Luis está metida en el origen de la lengua”.

Escuela Secundaria Leopoldo Ayala, en el barrio de Mixcoac
 Como para Fray Luis, la lengua para Bonifaz Nuño fue el origen y el final de todo.  Un acto sacro pero fundamentalmente un quehacer de libertad: “Todos decíamos (Ricardo, Fausto, Rubén) que éramos genios, pero yo me diferenciaba de ellos en una cosa: los demás pensaban que tenían que vivir de la literatura cuando fueran grandes, y yo pensaba -y lo sigo pensando- que la literatura era como una diversión, como una especie de ámbito para la libertad personal, que aparte estaba la manera de ganarse la vida. Por eso, mientras los otros estaban fiándose a la literatura, yo me fui al Derecho... toda mi vida, hasta hoy, he visto a la literatura como una cosa marginal; repito, como un acto de libertad.”   Y así fue Rubén estudió derecho y conoció, más allá de la legalidad la idea de justicia:  “Aprendí lo que es la justicia: aquella voluntad constante y perpetua de dar a cada quien su derecho. Es decir, no un pensamiento teórico ni un imperio emotivo, sino una voluntad de contenido moral; y una voluntad que no admite tregua, porque es constante, y que carece de término, porque es perpetua”.
En 1989 escribiría una rara avis
de la poesía,
"pulsera para Lucía Mendez"
Pero no se dedicó a la abogacía, vivió de la academia y protegió el rito literario de la erosión cotidiana convirtiéndola en una libertad más allá de todo,  incluso de las mujeres. 
“Las mujeres no son musas, confesará en la entrevista a su amiga Josefina, son pretexto para escribir, con excepción quizás de Victoria.”  Cuenta que estaba sentado en la biblioteca de San Ángel, cuando ella entró y le dijo la maravillosa palabra “Quiúbole”, “Desde ese momento me enamoré de ella”.  Compartían el tranvía, platicaban y si no hubiera sido tan tímido, dice, le hubiera hablado de amor.  “No ha pasado un día de mi vida sin que piense en esa mujer (…) ella no me inspiraba versos me inspiraba vida (…) después he amado a muchas.  Pero estar enamorado, el hecho, el sentimiento, lo recuerdo con Victoria”.




Dice que la timidez se le quitó a los cuarenta años, la vergüenza en cambio se le quitó sola mucho antes cuando se dio cuenta de que la gente no era tan tremenda como el la imaginaba.  Quizás esa sensación de vergüenza nos ocurre a todos un poco.  Levantarse y enfrentar el mundo lleno de gente es algo que en lo personal me aterroriza cada mañana.  Curiosamente, como el maestro Rubén le decía a los jóvenes poetas que pedían consejo, yo les repito a mis alumnos del taller: “para escribir quítense la vergüenza.  Ahí en lo que ustedes llaman vergüenza está la literatura.”  No hay que tenerla, dice el maestro,  “Si estoy escribiendo un verso, no tengo vergüenza (… pero ) sí tengo vergüenza de escribir palabras chocantes, con defectos técnicos.”
Que nuestras palabras sin vergüenza sean vientos que acompañen al maestro hasta la otra orilla. Hasta pronto.

También pienso que dada la diversidad de nuestro país es necesario refundarnos como un país plurilingüe. Que de las 53 lenguas indígenas que sobreviven hasta el día de hoy, se elijan 5 y junto al español se conviertan en nacionales; que se le exija a todo profesional hablar su lengua materna, una de ellas, además del castellano.  Es fundamental, por otra parte, que nuestra capital recupere con su nombre México Tenochtitlán, su vieja vocación de grandeza.
Zyanya Mariana

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