miércoles, 12 de septiembre de 2012

El sabio humilde, Ernesto de la Peña in memoriam; LO QUE PASA EN LA CAMA PASA EN LA PLAZA


Zyanya Mariana


A dónde va mi corazón extinto
mi prestigio extinguido
mis manos extenuadas
mi ayer, mi hoy, mi siempre

El que fui el que estoy dejando  

La luz que me miró cuando nací
el cielo de mi infancia
los primeros planetas de mi ciencia
las primeras palabras de mi lengua
y las primeras sílabas del canto
Quién soy?
Qué vine a hacer?
Por qué todo?
Para qué?
De dónde a dónde?
Y siempre este silencio
esta esquina de sombra
este vacío
esta ausente ignorancia
esta penuria gélida
esta garra letal que me destroza
este monstruo agobiante
Este Dios que me mata y me desvive
Esta tumba
El cadalso
Las huidas
Los sauces que me vieron
El amor que fue mío y no es de nadie
El entusiasmo que me saludó y la Muerte cabal
y el gran olvido y la sal y la arena y la ventisca
y el amor coagulado y el olvido
y el desamor tremendo
y el incendio y la lacra
y el sollozo aplastado por gendarmes
y el anhelo y el ansía y el despecho
y los gritos y el agua del ahogado
y el desamor el grito y la gangrena
y los gritos las rocas y el basalto
y el cáncer y la sangre
las heridas las pústulas el alma
Y los ojos plagados de preguntas
Y los chancros la sífilis la lepra
y el desamor la hondura el entusiasmo
y los niños, los globos, los pantanos
y el dolor para siempre
Las preguntas, el alma, la ignorancia
el vacío de mi estirpe
el gran hueco del alma
el gran dolor del hombre
el bramido
el silencio por siempre
La negrura
El pozo del dolor
El alma
Las tinieblas


Ernesto de la Peña
(transcripción ZM)







LO QUE PASA EN LA CAMA PASA EN LA PLAZA,


el sabio humilde, Ernesto de la Peña in Memoriam

Los hombres que construyeron, en el siglo XX, un México de escritores, de ideas y cultura han ido muriendo uno tras otro.  Por supuesto algunos se fueron antes, muy antes como Ibarguengoitia en un avionazo en 1983.  Sin embargo estos últimos tres años nos dejaron Monsivaís, el cronista inigualable; el periodista German Dehesa con su ironía suave y, el poeta de amorosa raíz, Alí Chumacero, (compañero de primaria de mi abuelo Miguel).  También en octubre pero un año después nos dejó el lúcido y contenido Miguel Ángel Granados Chapa, un mes después se fue “la exuberancia en el desierto” Daniel Sada.  Ese mismo día mientras navegaba rumbo a la otra orilla Sada fue condecorado por el gobierno mexicano con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011, en la categoría de Lingüística y Literatura.
Este año 2012 se fueron el dandy de las letras Carlos Fuentes; Arturo Azuela, matemático y escritor, y ayer 10 de septiembre, a los 84 años, el sabio humilde, como le nombrara Victor García de la Concha director del Instituto Cervantes, a Ernesto de la Peña al recibir el XXVI premio Internacional  Menéndez Pelayo.


Nació el doctor Ernesto de la Peña en 1927, en una ciudad de México con aires provincianos.
Edificio lalmado Mascarones por sus relieves de máscaras,
en San Cosme
Estudió en la Facultad de Filosofía, letras clásicas (lo que yo estudiaría si volviera a nacer y tuviera la consciencia de hoy), en el edificio conocido como Mascarones (muy famoso en los textos de Ibarguengoitia), que está en San Cosme.  El centro estaba relativamente cerca para ir con los compañeros, tomar un cafecito e incluso vivir los primeros amores, pero fue en la Biblioteca Nacional, ubicada en el Antiguo Templo de San Agustín, donde pasó la mayor parte de su tiempo estudantil.

Biblioteca Nacional, Antiguo Templo de San Agustin
Contaba, en una entrevista a Daniel Barrón, que había dos o tres bibliotecarios que lo atendían mientras él se enfrascaba entre los libros, tres o cuatro cada día.  El lugar, decía, era incómodo para estudiar.  Lúgubre y húmedo entraba poca luz y los estudiantes y estudiosos se conformaban con las lamparitas individuales.  Su amor por los libros se convirtió en 30 lenguas para nombrar a los dioses, los uno y los muchos.  De todas esas lenguas sobresalen el árabe, el chino y el sánscrito aunque en la UNAM se desarrollara como traductor de griego y latín.
Después de estudiar festejaba, en la esquina de San Juan de Letrán y 16 de septiembre, el deber cumplido con unos tacos sudados de a 20 centavos.  Cuando había más dinero comía en el Samborns de los azulejos, el único Samborns de la ciudad; enfrente Lady Batltimore una cafetería de postín para gente más elegante.  Pero el lugar que más frecuentaba era un cafecito sobre Madero, esquina con Motolinía, que se llamaba “Pastelandia”, ahí desde la veranda se podía ver toda la calle de Madero y los desfiles de “los perros”, alumnos de primer ingreso a la facultad de arquitectura. Fue también en esos días donde adquirió su gusto por la opera promovida por don Antonio Campos que trajo a Bellas Artes los grandes cantantes de la época, como María Callas.
Portada de uno de los tantos
textos publicados por la
Antigua Librería Robredo
El centro era, y de alguna manera sigue siendo, un microcosmos ahí estaban la biblioteca, los cafés, la opera y las librerías.  
La famosa librería Robredo (que editara grandes textos para el estudio del México antigua) estaba donde ahora se encuentra el templo mayor, casi enfrente la librería del señor Porrúa (ahora un emporio) y en la calle de Gante un templo protestante donde vendían, por una bicoca, todo tipo de biblias.  Seguramente ahí adquirió el gusto por el libro sagrado de los cristianos que leería en sus lenguas originales: hebreo, arameo y griego.  Más tarde entre sus labores literarias y lingüísticas traduciría del griego los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

El maestro en el 2005, ya muy visitado por las enfremedades

Algún tiempo trabajó en la secretaría de Relaciones Exteriores donde veía pasar al subsecretario José Gorostiza, un hombre adusto, silencioso y taciturno, que al verlo nadie nunca imaginaría que era el grandísimo poeta.  Cosa curiosa y profética en esas fechas, por razones burocráticas desconocidas la nómina donde firmaba de recibido el cheque quincenal sólo contaba con tres nombres: José Gorostiza Alcalá, Octavio Paz Lozano y Ernesto de la Peña.
Que nuestros recuerdos agradecidos y lecturas de su obra le sirvan al poeta, lingüista, traductor y sabio de vientos para llegar luminoso a la otra orilla.  Buen viaje maestro Ernesto de la Peña.

También pienso que dada la diversidad de nuestro país es necesario refundarnos como un país plurilingüe. Que de las 53 lenguas indígenas que sobreviven hasta el día de hoy, se elijan 5 y junto al español se conviertan en nacionales; que se le exija a todo profesional hablar su lengua materna, una de ellas, además del castellano.  Es fundamental, por otra parte, que nuestra capital recupere con su nombre México Tenochtitlán, su vieja vocación de grandeza.
Zyanya Mariana


  


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